Todas nuestras penas leves

Escribir. Borrar. Escribir. Borrar. Y así hasta conseguir dar con la fórmula mágica para empezar un ‘post’ personal en un blog oxidado por las imágenes de inspiración y las frases de poetas muertos.

Qué difícil se hace hablar de las cosas de uno. Como cantaba Jero Romero: todas nuestras penas leves cuanto duelen. Para, a continuación, proseguir con una arenga de perdedor: casi nadie me ha visto perder.

Ganar o perder. Qué contrariedad y poco tino el tener que decantarse por uno de los dos lados de la balanza. ¿Acaso cuando ganamos no dejamos atrás algo valioso y, en el mismo instante en el que perdemos la partida, nos llevamos en nuestro bagaje alguna lección a estrenar?

Sea como fuere, qué poco se entiende el ser humano. Tantos siglos de evolución cerebral para permanecer atascados en las mismas diatribas mundanas. Igual es que yo, dando el trato de silencio, no acabo de explicar las razones de la herida. Igual es que quienes ya no me escuchan no tiene ni idea de que la hay, en qué momento se produjo, por qué, ni lo mucho (o poco) que llegó a sangrar. Tampoco es que eso me vaya a hacer cambiar el rumbo. Por cierto, los puntos de sutura son otra (interesante) historia que contaré en cuanto pueda.

Todas nuestras penas leves duelen mucho. Pero con Jero Romero un poco menos.

Foto: Guy Bourdin, 1972.

Una marca meridiana

A veces uno necesita afrontar justo ese desafío que no le conviene ni le corresponde, porque lo que le pide el cuerpo es enfrascarse en algo que ayude a descolocar la vida, sacudirla y ponerla un poco del revés. Más que nada, para que no se cumpla la condena de encajar en ella como una pieza más de un mecanismo predecible: como esa pieza que todos somos, a la postre, desde la programación fatídica de nuestros genes hasta la función que el código social que tarde o temprano acatamos, sea cual sea, nos asigna sin derecho a apelación

La marca del meridiano. Lorenzo Silva.

Imagen: Anja Rubik para Terry Richardson (Vogue Paris, 2009).

Acción poética

Mr Whiskers had a dream

Mr. Whiskers es, sin duda, el personaje más interesante de Frankenweenie. Antes y después de su transformación.

Baldomero, Jimena y el arte de Nazaret

Todo comenzó hace unos meses. Justo después de ver este magnífico retrato de Panchito, se me antojó tener algo parecido, pero inspirado en Baldomero y pintado en acuarela. ¿Por qué no? Ya que está inmerso en las redes sociales (su twitter y su fan page en Facebook son prueba de ello), no veo ningún motivo para que no esté también embelleciendo las paredes de mi (su) casa.

Así que se lo pedí a Nazaret. No le di plazos, ni presupuestos… solo le pedí que retratara a Baldomero cuando tuviera ocasión. El tiempo fue pasando, vi algunos bocetos (al bies, en fotos de instagram) y hasta hice presión para ver cuando iba a llegar mi ilustración…

Entonces (estamos hablando de hace dos semanas) Jimena llegó a mi vida. ¿Tenía sentido hacer una ilustración o debería ahora encargar una segunda obra a la maestra? ¿Acabaría llenando mi casa de acuarelas de gatos? ¿Estaría mi futuro plagado de cupones de descuento para comida de felinos? ¿Saldrían alguna vez los pelos de mi ropa? ¿Empezaría a maullar para comunicarme con los demás?

Estaba yo en esas diatribas internas cuando, de repente, un mensajero llamó a la puerta de mi casa. Traía un pequeño paquetito de Sevilla y, dentro, un sello (hecho a mano) con las caras de Baldomero y Jimena. ¡Qué belleza! Era la pequeña gran solución a todos mis dramas del primer mundo. Menos colgar cosas en las paredes y más dejar la marca de la casa en libros y telas.

Gracias a Nazaret Baldomero, Jimena y yo ya tenemos escudo de garras. Raur.

 

Postureo (del bueno)

Arte, ironía y masas

(El artículo que leeréis a continuación fue publicado por servidora en Mahou Impressions el pasado 28 de diciembre. Podría ser una inocentada)

El pistoletazo de salida lo dio Andy Warhol. El controvertido y polifacético artista alzó a la categoría de arte una simple lata de sopa (bueno, 32, para ser exactos) y la marca Campbell’s, lejos de sentirse ofendida por ser un ejemplo de consumo masivo vio como sus productos dejaban de ser puramente alimenticios para convertise en algo más (algo parecido le ocurrió a Chanel cuando Marilyn Monroe aseguró que, para dormir, solo se ponía unas gotitas de Nº 5). En un referente Pop.

¿Carritos de la compra de oro macizo?, ¿Armarios quilométricos? La artista Sylvie Fleur dice “Sí a todo” y propone una obra fotográfica que se centra en descubrir qué nos hace querer siempre más y más. ¿Por qué el consumo masivo es un guilty pleasure tan evidente?

Un punto más allá en la reflexión nos transporta al alemán Andreas Gursky, que se empeña en mostrarnos la megalomanía del ser humano en gran formato. Irónicamente, a pesar de la crítica al capitalismo, a la masa y a todo lo que se ponga por delante, alguna de sus fotografías han alcanzado precios millonarios. Sin ir más lejos, 99 Cent II Diptychon (una imagen de un supermercado de todo a 99 céntimos tomada en 1999), se vendió en 2007 por más de 3 millones de dólares (en años anteriores las copias habían superado los 2 millones), convirtiéndose en la más cara hasta el momento.

Chris Jordan recoge el testigo más crítico en pleno siglo XXI. Lo hace con fotografía de productos en masa mucho menos glamourosos de lo que se hacía en la época pop de Warhol y el Studio 54. Su serie Intolerable beauty es una recopilación, a lo largo de varios años, de artículos industriales que van directos a la basura: componentes de ordenadores, casquillos de bala, colillas… todo lo que la sociedad occidental produce y no sabe muy bien cómo eliminar cuando ya no lo necesita.

Ha Schult parece saberlo qué hacer con los detritus: convertirlos en esculturas. Su instalación de Ejércitos de basura recuerda a los guerreros de Xian, pero son producto de otra era. Un tiempo en el que el barro ya no moldea nada, a tal efecto solo tenemos los residuos que la sociedad va dejando a su paso.

Poco podría imaginar Andy Warhol que su obra pop, más centrada en la belleza del continente que en su contenido ulterior, acabaría por derivar en una crítica al sistema en el que vivimos inmersos. Quizá no inspiró a otros artistas, pero sí plantó una semilla en la conciencia que florece a modo de reflexión. ¿Qué estamos haciendo con nuestro mundo? ¿Qué es el dinero? ¿Cuanto vale?

Son preguntas a las que puede ser difícil encontrar respuestas (nos movemos en la misma espiral que criticamos), más bien siguen surgiendo nuevas preguntas. O consejos con sorna. Aunque no sea un artista contra el consumo masivo, sino más bien un crítico de la sociedad actual, el británico Banksy no deja de recomendar, a la salida de cualquier exposición, que pasemos por la tienda de souvenirs. Si eso no es una ironía…

Imagen: Campbell’s soup cans, de Andy Warhol.

Aires frescos de lenguas bífidas

Solo cuando estás resfriado valoras tu respiración habitual. El poder dormir sin necesidad de adoptar una posición extraña para que los mocos no taponen la nariz se convierte en un objetivo prácticamente inalcanzable. Un sueño que, si eres de raigambre pesimista (y bastan unas décimas de fiebre para que yo lo sea), no sabes si volverás a cumplir.

Cuando te vuelves a a sanar, pasas unos días inspirando y expirando profundamente. Como si por primera vez en tu vida pudieses hacerlo de forma libre y gratuita. Como si tuvieras que hacer acopio de todo el oxígeno del mundo. Ahí, ya sin las neuronas taponadas por la infección nasal, es cuando más aprecias la sabiduría de la naturaleza.

Por supuesto, al cabo de los días la novedad se diluye, y la enésima maravilla del cuerpo humano (ese proceso mecánico e inconsciente de tomar aire y volver a soltarlo sin más mérito aparente) vuelve a su discreto estado natural. Todo se vuelve a olvidar hasta la siguiente vez que ocurre.

Cada vez que me he resfriado he pasado por estas etapas. Y he llegado a la siguiente conclusión: la vida es tan cíclica como los resfriados. Feliz año de la serpiente.

Fotografía de LaraFairie.

Balance literario de 2012

El 2012 no ha sido un año de bienes, ni de nieves y -ya os lo aviso de antemano- tampoco de grandes balances literarios. Pero como ya es tradición (podéis ver el resumen del 2011 y todos los anteriores), no puedo dejar de compartir el ínfimo listado de títulos que han pasado por mis manos en los últimos 365 días. Vamos a ello:

1. El amor (Marguerite Duras).

2. La fiesta del chivo (Mario Vargas Llosa).

3. Libertad (Jonathan Franzen).

4. Bilbao, New York, Bilbao (Kirmen Uribe).

5. La nueva taxidermia (Mercedes Cebrián).

6. La librería (Penelope Fitzgerald).

7. Asesinato en el Orient Express (Agatha Christie).

8. El general en su laberinto (Gabriel García Márquez).

9. Algún día este dolor te será útil (Peter Cameron).

10. Nosotros, los animales (Justin Torres).

11. Irse a Madrid (Manuel Jabois).

Dejo el balance prácticamente en blanco, así como las propuestas para el ejercicio que comienza. Cualquier reflexión está (hoy) de más. Eso sí, si tuviera que recomendar un solo libro de esta mini-lista de 11, os pediría que no os perdiéseis Libertad, de Franzen. Vamos hablando…

Imagen vía Pinterest.

Con la comida también se juega

(El artículo que leeréis a continuación fue publicado por servidora en Mahou Impressions el pasado 22 de noviembre)

Quizá fue el italiano Giuseppe Arcinboldo (Milán 1527-1593) el primero en utilizar frutas y verduras a la hora de crear retratos. El rostro humano era, para este manierista, un trampantojo que se podía reproducir colocando bien una serie de berenjenas, claveles y melocotones. Un buen ejemplo de la importancia de la naturaleza en su obra es la serie de Las estaciones, donde la primavera está retratada a base de flores y el verano tiene ciruelas en el pelo y una alcachofa en el pecho.

Aunque siempre se le ha dicho a los niños que con la comida no se juega, parece que la mente de muchos artistas ha decidido pasar por alto la comanda de la infancia. Arcinboldo pudo hacerlo hace siglos, pero la transgresión y la búsqueda de nuevos conceptos artísticos sigue su marcha.

El rumano Dan Cretu es uno de los ejemplos más recientes y su talento es que realiza esculturas de objetos cotidianos a partir de alimentos. Así, es capaz de transformar (un poco de maña y un mucho de imaginación mediante) un pepino en una cámara de fotos, o un pimiento rojo en una motocicleta de competición. Todavía no ha llevado a cabo una exposición (aunque ya han contactado con él varios agentes), pero las redes sociales se han encargado de manifestar su éxito internacional. De todas formas, no es un innovador en la materia, sino un pez que sigue la corriente. Que las coles de bruselas se conviertan en peces o las coliflores muten en ovejas es algo que lleva años explorandose en la fotografía. Con buenísimos resultados.

Hasta el pienso de los perros puede servir, en un momento dado, para convertirse en piezas que forman cuadros. Es lo que dio fama mundial a Pawlick, que se denomina a sí mismo “dog food artist” (artista de comida canina). Con las pequeñas dosis monta piezas geométricas o desarrolla escenas bastante simples que luego vende internacionalmente.

También en la sección de las pequeñas dosis se encuentra Jason Mecier, especialista en mosaicos. A él hay que atribuirle un retrato de Michael Jackson hecho con una retahíla de coloridas píldoras por prescripción médica (la ironía se extiende a otras celebridades que tuvieron problemas con el abuso de sustancias, como Amy Winehouse o Whitney Houston) para la edición británica de la revista Glamour en 2010, un posado de los ángeles de Charlie dibujadas con frijoles y noodles o un mosaico en rosa y blanco de Taylor Swift a base de caramelos. Vende posters de sus obras a través de su página web por algo menos de 30 euros.

Mención aparte merecen los bentos de comida japonesa. La obsesión de los nipones por la decoración de las tarteras del almuerzo pasa de lo culinario a lo artístico en un abrir y cerrar de ojos. Ositos panda, pulpos, mariposas… cualquier motivo sirve para dar colorido y frenesí a la alimentación diaria (nunca un arroz se vio tan apetecible). Hay muchos blogs dedicados a explicar cómo lucirse con el arte de los bentos. Eso sí, lo mejor es que al final estas obras… ¡se pueden comer!

Retrato de Amy Winehouse con pastillas, hecho por Jason Mecier.