Vidal Sassoon, un visionario

No sólo inventó el corte bob (con cinco puntas, según él inspirado en la Bauhaus) y le dio a Mia Farrow uno de sus estilismos característicos, sino que logró la proeza de domar la melena leonina de Grace Coddington, como constatan estas imágenes.

Se ha ido un virtuoso de la tijera al que muchos, lamentablemente, solo recuerdan por su marca de champús.

En blanco

Una habitación difícil de replicar (nótese que los lomos de los libros navegan exclusivamente entre el blanco y el negro), pero absolutamente inspiracional. Esa misma falta de color es la que la convierte en un lienzo (en degradado) en el que dejar volar la imaginación. ¿No?

Sea como fuere, I’m back.

Fotografía: A Merry Mishap.

Mahouizando el arte

El siguiente texto forma parte de la crónica que escribí en Mahou Impressions (la nueva plataforma digital de Mahou) sobre la apertura de su terraza en el Reina Sofía la semana pasada. Ya os dije que la improvisación era solo un primer paso… creo que seguiréis oyendo hablar de Mahou por estos lares durante una temporada.

Que una conversación de ascensor sea el paso previo a la inauguración de una terraza es, cuanto menos, insólito. Pero la intensa lluvia en Madrid horas antes del estreno de la Terraza Atocha, una colaboración veraniega entre Mahou Cinco Estrellas y el Museo Reina Sofía (MNCARS), tenía a medio Twitter hablando sobre el tiempo (Curro Cañete disecciona el debate en Vanity Show) y preguntándose si había alguna parte techada en el patio lateral del edificio de Sabatini, sede de la nueva terraza cuya apertura se festejaba. Lo cierto es que la organización fue wiser, Harder, Better, Faster, Stronger (que dirían los Daft Punk) y tenía un arsenal de paraguas de bolsillo para dar a los invitados en el caso de que volviese la lluvia, además de tener a tope las setas de calor. No hizo falta, por sorpresa (y por fortuna) la noche se despejó justo antes de abrir las puertas.

Una vez con el cielo madrileño de nuestra parte, las cervezas de Mahou Cinco Estrellas (en su envase para ocasiones especiales) frías y Rossy de Palma estrenándose a los platos, todo iba sobre ruedas. Con un turbante en la cabeza y el mundo por montera la actriz hizo de music selector (ella misma prefiere ese término al de DJ) y alma mater de la jornada. Sus cómplices en esta ardua misión de hacer mover el esqueleto a los asistentes fueron los diseñadores Juanjo Oliva y Jeff Bargues. Luego llegaron sus amigos Alaska y Mario Vaquerizo, un auténtico fan de las bondades de la marca; Tanto es así que él mismo ha confesado que si tuviera que elegir entre un Balmain y una Mahou se quedaría con la cerveza. La pareja lleva años cargando las maletas de con música para mezclar, y no dudaron en echarle una mano a su amiga Rossy. También se animó un espontáneo, que realizó un espectáculo de danza (látigo incluido) a mitad del evento. Muy completo todo.

Quien piense que la mesa de mezclas fue el auténtico el meollo de la fiesta, es porque todavía no ha escuchado la retahila de nombres que acompañaron la apertura y se desperdigaron entre los anónimos. Una vez pasados por el rigor del photocall, personajes como Nuria Roca (y esposo), Arancha de Benito, Fanny Gaultier, Raquel Meroño, Estefanía Luyk y Mónica Martín Luque disfrutaron de la noche con una Mahou. También pululaban rostros conocidos de la generación post-Windsor (que diría el bloguero Popy Blasco) como Miranda Makaroff, Moisés Nieto, Josie, Iván Civic o La Crawford.

Con la inauguración de la Terraza Atocha, Mahou y el Reina Sofía consolidan su colaboración. Ya son tres el número de locales de la cervecera albergados en las instalaciones del museo. Los dos anteriores se sitúan en la última planta del edificio Nouvel y en el bucólico patio interior del edificio Sabatini. En cualquiera de los espacios los visitantes pueden hacer un alto en el camino durante su visita al centro. Un merecido descanso entre su paseo por los castillos en el aire de Hans Haacke y el universo personal de Mateo Maté. Eso sí, esta nueva incorporación es más after work (o after museum, como prefieran) que las otras dos, ya que cierra a las 00.00 entre semana y a las 02.00 los fines de semana. Será cuestión de rendirse a los encantos de una cerveza bien fría cuando, en los días más rigurosos del verano, por fin se ponga el sol. La vida está hecha de pequeños placeres.

Imagen de Pepino Marino.

 

 

El éxito instantáneo del Nail Patch

Hace unas semanas compré un juego de Nail Patch de Sephora, porque todavía no había probado las pegatinas para uñas (entiéndanlo, estar en el sector y no haber experimentado con lo nuevo es casi un sacrilegio).

Lo hice sin mucha esperanza, convencida de que eran un gran timo y no tardarían en despegarse. Así que me hice una foto el primer día (la pueden ustedes ver arriba) con unas uñas cuya manicura brilla por su ausencia. Todo era para tener evidencia gráfica del fracaso, naturalmente.

Una semana después, las pegatinas seguían en un estado más que decente (las pueden ver abajo), y quizá hubieran aguantado más tiempo si servidora no tuviese demasiado prisa en probar un experimento manicuril con el que nunca se atrevería a salir a la calle.

La duración y solidez del Nail Patch, sorprendentemente fácil de aplicar, está a medio camino entre una manicura convencional y una tipo Shellac. Al retirar las tiras (se hace con acetona, como una laca de toda la vida) las uñas sí que se quedan un poco resecas, pero quizá sea un error personal, porque en toda la semana no las hidraté con aceite, como hubiera hecho con una Shellac.

¿Lo recomiendo? Absolutamente, aunque quizá no para todas las semanas. Primero porque la uña debe respirar, y segundo porque creo que la variedad de color (fantasías del print parleño aparte) es un tanto escasa. Cuando yo fui solo había dos rojos (un borgoña y un carmín) y otro tono más nude.

Hasta aquí el briconsejo de la Señorita Pepis de hoy.

Nunca es tarde si la impro es buena

Allá por octubre me llamaron de Social Noise para invitarme a un espectáculo de improvisación en el Teatro Alcázar. ¿Quien dijo suerte?

Lo organizaba Mahou, por lo que mientras el grupo Teatro Impromadrid ejercía su arte, los espectadores (al menos los que estábamos en directo, también había streaming) tomábamos unas frescas y ricas cervezuelas gratis (¡yay!). Hubo quien lo capturó en vídeo, por si se quieren hacer a la idea.

No sé si atreverme a caer en el tópico de contar lo bien que lo pasamos. Los improvisadores formaron tres equipos, que competían entre ellos en diversos asuntos y luego el público (que había propuesto los temas) valoraba cual de todos los grupos lo había ejecutado mejor. Lo que se dice comprometer a la audiencia. A JFK no había quien le quitara la carcajada de la boca.

Como también hace tiempo que ocurre con otras cerveceras, Mahou se ha asociado a cultura (además de espectáculos de teatro organizan los Conciertos Retratos Mahou, han coordinado dos wikipelis -Miedo es la última- y actualizan la guía Madrid Mola) e invita a usuarios activos en las redes sociales (teníamos el hashtag #teatromahou para narrar la jornada en twitter) para que vean lo bien que funciona ese matrimonio. No se crean que, por mucho que lo racionalice, me sorprendió menos el hecho de que me llamará una marca de cerveza para ir al teatro ;)

Supongo que más allá del ya famoso consumo responsable, tratan de fomentar una nueva generación que añada el adjetivo “inteligente” a su botellín, una impronta más social, cultural y 2.0 a la marca. No se logra en un mes, ni en dos, ni en tres. Es una carrera de largo recorrido en el que la clave debería ser la persistencia. No les diré más, pero permanezcan atentos, que vendrán más novedades…

Imagen vía Weheartit.

Planeta skrei en la Taberna del Alabardero

Justo antes de irme de viajes Semanasanteros (sí, fueron varios, pero ya estoy de vuelta) mi amiga Marulia me invitó a una degustación de Skrei (el bacalao más mimado de los mares de Noruega) en la Taberna del Alabardero.

A falta de una cena romántica (como la de Luisete y Laura) o una completa genealogía del skrei (Rebeca Sáez se me adelantó), presumí de Instagram para aifón justo antes de androidarse y retraté al lindo pescado en su salsa (y en su lasaña, y en su carpaccio, y en sus callos…). El bonus track, amigos, es la torrija caramelizada, especialidad de la casa y terror de los gimnasios.

Publicaré esta entrada a la hora de comer. Por puritita casualidad.

Brandada de skrei. Mayo-time.

Carpaccio de skrei. Lo que divisan abajo es tomate. Soberbio.

Lasaña, aunque podrían ser nachos. En primer plano un carabinero. Hay una generación completa que jamás lo ha probado.

Kokotxa. Los guisantes se pelan uno a uno y se tarda horas. Peculiaridades del primer mundo.

Callos. Ojo, para que no de tanta grimilla insisten que no son tripas, sino una “vejiga natatoria”. Funciona, hasta que lo gugleas.

Al pil pil. El skrei es tan molón que se adapta grácilmente a cualquier gastronomía.

Esta es la famosa torrija caramelizada. El (auténtico) terror de los gimnasios y dietistas.

Fin goloso. Volvamos a la dieta.

Ciudad Trujillo (no) era una fiesta

Según lo presenta Vargas Llosa, la vida en la República Dominicana durante la Era de Trujillo (1930-1961) era lo más parecido a dar paseos diarios a través de campos atestados de minas antipersona. No solo por las grandes y sangrientas hazañas del régimen: la matanza indiscriminada de haitianos (la más conocida es la masacre del perejil, en otoño de 1937), la conveniente desaparición del profesor Jesús Galíndez cuando estaba a punto de publicar en Estados Unidos una tesis sobre la dictadura o el aniquilamiento de las antitrujillistas hermanas Mirabal, maquillado posteriormente como accidente de tráfico.

Si una cosa queda clara en La fiesta del chivo es que en entorno del dictador (apodado, en un alarde de originalidad, El Jefe) la seguridad y la confianza se gana o se pierde sin saber muy bien por qué. Un gesto, una actitud, una frase en un momento inoportuno y ¡boom! cualquier persona puede caer en desgracia. Y eso significa aceptar las normas de un juego macabro en el que a base de pequeñas pistas uno acaba por descubrir que su final está cerca, aunque no le digan el momento exacto. Ese miedo a un giro inesperado en los acontecimientos es generalizado en los personajes que recorren la novela y no demora en trasladarse al lector.

No está de más advertir que la obra no deja de ser pura ficción. Quien busque un análisis exhaustivo de la realidad dominicana a mitad del siglo pasado, quizá se sienta decepcionado al solo encontrar pinceladas de hechos reales (el aniquilamiento de Trujillo, las claves del éxito de Balaguer, la huida de la familia…) para aderezar la trama imaginada por Vargas Llosa: un relato sobre la generosidad, el egoísmo y el sufrimiento que trasciende cualquier frontrera.

Además de la historia en sí, me fascinaron los saltos temporales. De una forma absolutamente natural, incluso en la misma conversación, las palabras viajan de 1961 o 1991. La sombra de la bestia (el Chivo, como apunta el título) es alargada, pero no deja de ser una simple pieza en un puzle mayor, el de la ola de dictaduras que asoló el continente americano durante todo el siglo XX. La fiesta del chivo es, sobre todas las cosas, un grito a la memoria.

Imagen: publicidad de vuelos entre Miami y Ciudad Trujillo.

 

Ronda de sueños

Llevo una semana recordando, más o menos, todo lo que sueño. Son cosas familiares y de andar por casa. En uno de ellos adoptamos un gatito nuevo (eso me haría tan feliz…), en otro JFK y yo acabamos de casarnos y estamos viviendo en Galicia pero pensando en mudarnos a Madrid de una forma sutil para no entristecer demasiado a la familia, en otro más me pasé la noche entera ensayando cómo testificar sobre un asesinato. Estaba tan nerviosa que mi testimonio parecía contradecirse todo el rato, mientras el asesino -que parece que era de mi grupo de amigos- caminaba libre y podía matarme a voluntad…

El de esta noche ha sido aún más ridículo. Un dictador cualquiera (al más puro estilo Sacha Baron Cohen) tenía a Baldomero retenido. Para poder rescatarlo yo tenía que hacer una coreografía en el agua que complaciese al mandatario. Afortunadamente tuve dos intentos para ensayarla con la música. Ni qué decir tiene lo complacido que quedó con performance final, dejándome recuperar a mi gato. Está visto que en sueños soy una Gemma Mengual, y sin necesidad de tanto ensayo. Vamos, como para que me envíen a Londres, que vuelvo con medalla. ¡Vaya cuadro!

Ilustración de los años 40. Recopilada en Retrorama.

Seis cosméticos que me gustan

- El exfoliante corporal Aguavital de Balneario Álvarez Gómez. Es suave, y deja la piel hidratada. Me gustó por su aroma fresco, quizá un tanto infantil, perfecto (según yo) para antes de ir a dormir. Ya ven, a veces es el olfato quien toma una decisión. No pasa nada.

- La Glycolactic radiance renewal mask de Ren (como nombre familiar le he puesto la Papaya, porque lo otro es dramáticamente complicado). Es un peeling enzimático con ácidos de frutas y papaya. Recomiendan usarla una vez por semana, pero no soy tan consistente (y suelo combinarla con alguna mascarilla de arcilla, que regule la grasa). Da luminosidad y elimina las células muertas. Justa y necesaria. Correcta.

- El Advanced body creator de Shiseido. Si hay UN anticelulítico es este. A los minutos de ponerlo en los muslos, ya estoy notando el efecto. Literalmente. Que no les engañen con imitaciones.

- La Hydrating styling cream de Moroccanoil. El producto estrella de la casa es el aceite. Esta crema es un poco más ligera y perfecta para el cabello graso (hellooo!!). Es un must mañanero para acabar de suavizar mi ya de por sí lacia melena. No la cambio por nada.

-El Gentle Cleansers Refreshing Face Wash de Olay. Es el gel facial que estoy usando actualmente (lo combino con el Foaming Gel Cleanser de Korrès, que no me fascina demasiado).Olay es una de mis marcas cosméticas favoritas de toda la historia de la humanidad (prueben la Total Effects y me dicen), sin derecho a réplica. Ocupa su lugar de honor en mi ducha, al lado del gel corporal.

- La laca de uñas All Fired Up de Sally Hansen (la venden en Sephora). Quería probar su resistencia. Por ahora van dos días y mantiene el brillo a la perfección. Tampoco se ha descascarado. Vamos por buen camino.

Fotografía de Gwarf.

Desde Siberia, con amor

Fue de casualidad. Me moría de frío y JFK me dejó su gorro de peluche para inviernos extra severos (GpPIES) y nos íbamos a cenar a casa de un amigo suyo que emprende rumbo a Berlín en breve. Resulta que su novia es alemana y rusa a partes iguales, y decidió deleitarnos con una cena typical matryoska.

Recordar los nombres de los platos que se sirvieron sería tentar a la suerte de mi memoria con el idioma de Chéjov, pero estaba todo increíble. Desde la sopa con una especie de dumplings hasta la ensalada rica en remolacha, pasando por el vodka que calienta el humor…

He aquí una instantánea de nuestro regreso a casa. Abrigados como cosacos. ¿Aguantaríamos un invierno ruso? Yo creo que no.