Meridiano 0

Ya nos queda nada para volver a Madrid y, a cada día que pasa, tenemos la sensación de que no hemos aprovechado todo el tiempo, de que se nos quedan miles de cosas en el tintero, miles de lugares a los que ir y miles de ofertas culturales que aprovechar. Realmente no sé por qué nos martirizamos (o yo me martirizo en mis fueros internos), porque las cartas ya están, prácticamente, echadas.
Esta semana he hecho las últimas visitas culturales que quería hacer: visitar el Victoria & Albert (y su preciosa sección de moda, un must gratuito para fashionistas) y también visitar Westminster Abbey, el único de los grandes lugares londinenses (atracciones de pago) que quería ver.
Del Victoria & Albert no podría haber quedado más contenta. Me parece un museo estupendo, con pasillos serpenteantes llenos de cachivaches que remiten a culturas lejanas y desconocidas. Toda una aventura para las mentes exploradoras.
También he de decir que es de los museos que más se preocupan por la indumentaria (la moda, pero también lo anterior a la moda, la vestimenta), y en el museo hay piezas espectaculares: desde trajes de luchadores japoneses hasta un boceto para un modelo de Alexander McQueen. ¡Fantástico!
Y qué decir de su librería. Nunca antes en mi vida había visto tantos libros de moda juntos. He dicho. No es que estén los que tienen que estar… es que están ¡todos! Incluido el diccionario de la moda según Christian Dior (que, como anécdota, recuerdo tienen una primera edición en el museo del textil de Londres, pero en Madrid es imposible de encontrar) y el libro de vestirse para el éxito de Edith Head. Visita obligatoria.
Con respecto a Westminster tampoco pienso escatimar en elogios. Me ha encantado su magnificencia, su organización, el trono de las coronaciones y hasta los muñecos de cera de reyes fenecidos que hay en su pequeño museo. Los patios interiores son remansos de paz y tranquilidad. La pena es que la tarifa de adulto sea de 15 libras. Una auténtica pasada de precio.
Por otra parte hoy hemos estado en Greenwich, un bonito lugar que poca gente visitaría si no fuera porque allí está el Royal Observatory (visita interesante, aunque demasiado científica, y gratuita), un lugar histórico por ser de donde parten los husos horarios (Greenwich Mean Time = GMT).
Posteriormente, para hacer la visita un poquito más amena nos fuimos a la Trafalgar Tavern, a la orilla del río, porque nos enteramos de que había sido un lugar muy frecuentado por los intelectuales y políticos del S. XIX, que lo tenían en gran estima por servir unos arenques especialmente buenos. Efectivamente, aprovechamos la ocasión y podemos certificar que sus arenques fritos están deliciosos. Eso sí, dudo que vengan del Támesis (no estaban lo suficientemente verdes ni, por supuesto, putrefactos).
Fuimos y vinimos en el Thames Clipper, un barquito que transporta y, al mismo tiempo, te da una panorámica de la ciudad desde el río (sin tener que recurrir a los carísimos barcos turísticos que, a fin de cuentas, hacen lo mismo). Creo que con ese viaje baratito pude recuperar parte de los 15 euros que me dolieron al entrar en Westminster (JFK ni entró, del susto).
El colofón, por ahora, fue ir a Whittard of Chelsea a hartarnos a comprar tés para el invierno. Vivimos obsesionados con un té riquísimo que hacen en Ikea sólo en navidad y se nos acabó en casa. Creemos que hemos encontrado el sucedáneo, para aguantar el mono con metadona en lo que llega la navidad…
pronto os sigo contando, que mañana toca Spitalfields, Brick Lane y Petitcoat Lane. ¡Arriba el vintage!
Imagen, as usual, de JFK.










