La belleza está en el interior

Y para demostrar que mi gato es el más bello del mundo, aquí tienen una hermosa radiografía de su pectoral y su trasero. Sublime.

En las últimas semanas Baldomero ha estado un poco pachuchillo, vomitando prácticamente a diario. Así que la semana pasada le llevamos al veterinario y le hicieron análisis, radiografías y pruebas de tiroides. Todo con tal de saber qué es lo que le causaba malestar y ponerle fin a ese bastardo motivo.

Hoy han llegado los últimos resultados. La parte positiva: no se ha comido nada raro (así que no tiene obstrucción) y tampoco tiene hipertiroidismo. La parte negativa: tiene una enfermedad renal crónica, aparentemente algo muy frecuente en el mundo felino, pero que le causa náuseas y vómitos. Está en fase 2 y, a pesar de que nunca desaparecerá, es posible que logremos frenarla. Eso sí, tendrá que tomar pastillas por los restos y su dieta pasará a ser más suave (para gatos con digestiones difíciles).

Así que, visto lo visto, díganme que mi gato no es el más guapo del mundo. Y vaya interior más divino.

El rey de mi Instagram

 

 

 

Por si a alguien le quedaba alguna duda. Baldomero se ha apoderado de mi presencia en Instagram. Y tan pichí.

Me & Baldomero

Lo bueno de estar un sábado tirada en el sofá es que, de repente, te puede surgir compañía. Aquí estamos los dos. Tan ricamente.

Por cierto, recordad que el cachorrillo es nativo digital y tiene su propia página de fans en Facebook. Hacedle un like (no unlike), él lo haría por vosotros.

Fraternal felina

¿Saben todo eso que dicen de que para introducir un gato nuevo en casa tiene que ser un proceso paulatino, separándolos durante quince días y dejando que se vean solo de cuando en cuando (y siempre bajo supervisión?

Bien, pues no sé ustedes, pero yo me lo he pasado por el forro. Desde el primer momento en que entró Bender -el gato del Chuli, que está pasando con nosotros sus vacaciones (¡yay!)- tuvo pleno contacto con Baldomero. A las 12 horas ya estaban absolutamente solos y, aunque el principio fue un poco duro… una semana después se les puede encontrar de esta guisa.

Ni que decir tiene que Baldomero no ha mostrado ni media peseta de su genio habitual y se deja hacer de todo: que se le tiran encima para hacerle una llave marcial, bien. Que le muerden el cogote como si tuivera piojos, pues también. Y que le lavan con la lengua, todavía mejor. Mi felino es todo facilidades con los de su especie, quien lo iba a decir.

Justo lo que nunca necesité

Pero me hubiera encantado tener (ahora se me antoja un poco inviable): sandalias que, según vas andando, dejan huellas de gato.

Quizá en unos años, cuando ya me convierta definitivamente en la vieja de los gatos, pueda tenerlas, y combinarlas con el colgante de plata de la nariz de Baldomero. Y pasear por arena como un felino más (how damaged does it sound like?)…

Vía: Bored Panda.

Baldomero’s Heat Wave

Así se presentan para Baldomero los rigores estivales. Y sin aire acondicionado a la vista (está estropeado de nuevo, tenemos que arreglarlo), no parece querer cambiar de postura.

Por cierto, lo de al lado es mi pie derecho, casi sin hinchazón ya. Perfecto para estrenar mis nuevas Castañer.

Una vez al año no hace daño

Eso es lo que le digo a Baldomero todos los veranos, justo antes de meterle en la ducha. Él no lo disfruta especialmente, pero tampoco se planta enfadadísimo. Lo ve más como un pequeño peaje para esa vida llena de lujos de la que disfruta habitualmente.

Además, luego sale fresquito y con un olor inmejorable. Todo son beneficios. Aquí una imagen del durante, ya véis que se queda en nada. Es todo pelo. Animalillo.

En qué piensan los gatos

Muchas veces me encuentro a mí misma hablándole a Baldomero como si él entendiera todo lo que le digo, y pienso en si algún día me pudiese contestar (o si alguien me viera). ¿Qué demonios me diría? Lo primero que haría, seguro, es mandarme al carajo. Va en su ADN macarrónico. Pero ¿por qué motivos?

No se crean que sólo me pasa con MI gato. Me pasa con todos. ¿Qué coño andarán pensando?

Foto de Cuba Gallery.

Respiro baldomeril

Tres semanas después hacemos balance de un total de cuatro gatos nuevos en la vida de mi felino asocial. Y, no hay duda, han sido unos días difíciles, pero bastante productivos.

La primera semana en casa de mis tíos (con tres gatos a su alrededor) fue de pánico total y bufido como medio de vida. La segunda semana hizo de tripas corazón y salió a explorar fuera de su habitación. De vez en cuando se oían maullidos de reyerta felina y, aunque íbamos corriendo, nunca tuvimos que frenar ningún amago de guerra civil. Y, cuando ya volvíamos a casa, mi padre trajo su pequeño gato (Taco, para más señas) para que lo cuidara durante las vacaciones de Semana Santa, ya que yo me quedaba en Madrid.

Taco tiene sólo ocho meses, y un tesón envidiable en sus ganas de socializar con Baldomero. Sobre todo cuando lo único que ha recibido de éste de éste son bufidos y gruñidos. Venía a nuestra habitación a despertarlo de madrugada para echarse unas carreras por el salón, y vaya que si se las pegaban, como si fuera el Paris-Dakar. Ayer volvió a su casa, y creo que esta noche ha sido la primera de tranquilidad de Baldomero en todo este tiempo. Ha dormido en su casita del armario hasta bien entrada la mañana, y se le notaba genuinamente rendido.

Hoy, cuando volví del trabajo estaba un tanto pensativo, quizá reflexionando sobre esa absurda regla que se ha autoimpuesto (él, que se cree un auténtico ser humano): no dejar que ningún gato lo toque. ¡Esos bichos!

Home… We miss you so much!

Hoy era el día. Estaba marcado en el calendario: volvíamos a casa. Pero todo se ha torcido y parece que la obra se alarga, al menos, un día más.

No nos puede venir peor. Ya hace dos semanas que estamos fuera. Esta noche mi padre nos deja a su gato porque se va de Semana Santa (donde estoy ahora ya hay cuatro, sobrepoblación) y el jueves en la mañana llega mi madre a verme por vacaciones. Así que simplemente espero que hoy (de verdad) acabe todo y mañana podamos limpiar y re-acondicionar nuestro espacio vital.

Déjenme dejarlo claro: que en casa de los tíos (donde ya viví durante tres excelentes años de mi vida) nos tratan como a príncipes. Pero como en la nuestra, en ninguna parte. Nuestros armarios, nuestras estanterías, nuestro felino dando sus carreras mañaneras de una punta a otra… somos gente de rutina.

PS: Cross fingers with me.

Ilustración de Rachel Kantor.