Respiro baldomeril
Tres semanas después hacemos balance de un total de cuatro gatos nuevos en la vida de mi felino asocial. Y, no hay duda, han sido unos días difíciles, pero bastante productivos.
La primera semana en casa de mis tíos (con tres gatos a su alrededor) fue de pánico total y bufido como medio de vida. La segunda semana hizo de tripas corazón y salió a explorar fuera de su habitación. De vez en cuando se oían maullidos de reyerta felina y, aunque íbamos corriendo, nunca tuvimos que frenar ningún amago de guerra civil. Y, cuando ya volvíamos a casa, mi padre trajo su pequeño gato (Taco, para más señas) para que lo cuidara durante las vacaciones de Semana Santa, ya que yo me quedaba en Madrid.
Taco tiene sólo ocho meses, y un tesón envidiable en sus ganas de socializar con Baldomero. Sobre todo cuando lo único que ha recibido de éste de éste son bufidos y gruñidos. Venía a nuestra habitación a despertarlo de madrugada para echarse unas carreras por el salón, y vaya que si se las pegaban, como si fuera el Paris-Dakar. Ayer volvió a su casa, y creo que esta noche ha sido la primera de tranquilidad de Baldomero en todo este tiempo. Ha dormido en su casita del armario hasta bien entrada la mañana, y se le notaba genuinamente rendido.
Hoy, cuando volví del trabajo estaba un tanto pensativo, quizá reflexionando sobre esa absurda regla que se ha autoimpuesto (él, que se cree un auténtico ser humano): no dejar que ningún gato lo toque. ¡Esos bichos!










