
Soy muy maniática. Lo reconozco. Felizmente (para los demás) mis manías se suelen quedar todas dentro de mi cabeza y no molesto a los demás con mi orden interior.
Os voy a poner ejemplos de mis manías irracionales: ordenar los platos después de sacarlos del lavavajillas de mayor a menor (derecha a izquierda) y de color oscuro a color claro, colocar en el lavavajillas las cosas desde derecha a la izquierda (en el lado derecho) y desde el centro hacia la izquierda (en el lado izquierdo), repetir mentalmente las cosas que siempre tengo que sacar de casa antes de salir por la puerta (es un mantra: llaves-abono-vaselina-tabaco-monedero), revisar todas las ventanas de la casa antes de salir (a pesar de que las haya cerrado minutos atrás), revisar por segunda vez que llevo las llaves antes de cerrar la puerta, etc.
Son manías que, en mi mente, me hacen más cómoda la existencia, pero también me demuestran que soy un poquito control freak. Yo no me vería capaz, por ejemplo, de hacer un viaje improvisado sin reservar un hotel y saber perfectamente qué medios de transporte hay del aeropuerto al centro de la ciudad. Simplemente es superior a mis fuerzas. Me estresa la improvisación en según qué cosas (vamos, en prácticamente todo).
Tampoco podría estar a gusto conmigo misma si supiera que ha pasado una semana sin cambiar las sábanas de la cama o que es mediodía y no tengo la cama hecha (esto es relativamente reciente y es lo que más me preocupa: me estoy convirtiendo en mi madre). Superior a mis fuerzas.
En los últimos tiempos y debido a que pasado más días en casa, he desarrollado, además, la capacidad de limpiar compulsivamente cualquier cosa susceptible de estar limpia. También tengo, de repente, un cariño especial con mi aspiradora, aunque le pongo los cuernos en mi subconsciente con otra de vapor que seguro recoge mejor el polvo de la casa.
Y, no se vayan, que tengo otra peculiaridad digna de ser tratada: de cuando en cuando pronostico el éxito o fracaso de las cosas en base a eventualidades que no tienen nada que ver. Del tipo: “Si pasa un coche rojo antes de un minuto es que tal cosa va a ir bien (o mal)”.
Así que si algún día me ven aturdida y en mi mundo… ¡por favor, espabílenme! No quiero acabar mis días pronosticando el buen funcionamiento de eventos gracias a futilidades, pensando que es hora de cambiar las sábanas o dudando sobre si habré cerrado correctamente la ventana antes de salir de casa.
Imagen de Ausra Osipaviciute; vía Nonochic.