¿Qué he hecho en el último mes?

1. He estado en Rímini, Londres y París. De hecho, ahora estoy en París. En todos los casos han sido viajes de trabajo.

2. También puse mis pies en la embajada italiana de Madrid y la Residencia del embajador de Francia. De nuevo, trabajo.

3. Las artes escénicas me sonríen. Fui tres veces al teatro. Dos de ellas a ver monólogos de humor. Puro placer.

4. Un mismo sábado logré sobrevivir con cuatro planes diferentes: almuerzo, exposición, cena (y fiesta eurovisiva) y cumpleaños. Eso ya es vicio. El anterior había estado en el concierto de Los Chichos y Fórmula V, que no sabría cómo describir.

5. Oí el sonido de las raquetas en el Open de tenis de Madrid. Me senté en un palco para ver el partido de Murray contra Simon. Luego tuve una de esas maravillosas cenas con barra libre incluida. Trabajo, se supone. Dichosa fortuna, en realidad.

Imagen: Fashion for travel (1953).

Todas nuestras penas leves

Escribir. Borrar. Escribir. Borrar. Y así hasta conseguir dar con la fórmula mágica para empezar un ‘post’ personal en un blog oxidado por las imágenes de inspiración y las frases de poetas muertos.

Qué difícil se hace hablar de las cosas de uno. Como cantaba Jero Romero: todas nuestras penas leves cuanto duelen. Para, a continuación, proseguir con una arenga de perdedor: casi nadie me ha visto perder.

Ganar o perder. Qué contrariedad y poco tino el tener que decantarse por uno de los dos lados de la balanza. ¿Acaso cuando ganamos no dejamos atrás algo valioso y, en el mismo instante en el que perdemos la partida, nos llevamos en nuestro bagaje alguna lección a estrenar?

Sea como fuere, qué poco se entiende el ser humano. Tantos siglos de evolución cerebral para permanecer atascados en las mismas diatribas mundanas. Igual es que yo, dando el trato de silencio, no acabo de explicar las razones de la herida. Igual es que quienes ya no me escuchan no tiene ni idea de que la hay, en qué momento se produjo, por qué, ni lo mucho (o poco) que llegó a sangrar. Tampoco es que eso me vaya a hacer cambiar el rumbo. Por cierto, los puntos de sutura son otra (interesante) historia que contaré en cuanto pueda.

Todas nuestras penas leves duelen mucho. Pero con Jero Romero un poco menos.

Foto: Guy Bourdin, 1972.

Aires frescos de lenguas bífidas

Solo cuando estás resfriado valoras tu respiración habitual. El poder dormir sin necesidad de adoptar una posición extraña para que los mocos no taponen la nariz se convierte en un objetivo prácticamente inalcanzable. Un sueño que, si eres de raigambre pesimista (y bastan unas décimas de fiebre para que yo lo sea), no sabes si volverás a cumplir.

Cuando te vuelves a a sanar, pasas unos días inspirando y expirando profundamente. Como si por primera vez en tu vida pudieses hacerlo de forma libre y gratuita. Como si tuvieras que hacer acopio de todo el oxígeno del mundo. Ahí, ya sin las neuronas taponadas por la infección nasal, es cuando más aprecias la sabiduría de la naturaleza.

Por supuesto, al cabo de los días la novedad se diluye, y la enésima maravilla del cuerpo humano (ese proceso mecánico e inconsciente de tomar aire y volver a soltarlo sin más mérito aparente) vuelve a su discreto estado natural. Todo se vuelve a olvidar hasta la siguiente vez que ocurre.

Cada vez que me he resfriado he pasado por estas etapas. Y he llegado a la siguiente conclusión: la vida es tan cíclica como los resfriados. Feliz año de la serpiente.

Fotografía de LaraFairie.

Anatomía de una ostra

Hay años (como ciudades) que son fiestas y otros que son ostras. Las ostras son esos annus horribilis que se encargan de compensar kármicamente las explosiones de felicidad que pueda haber habido en ocasiones anteriores. Eso es así. Y en ello andamos, haciendo un balance justiciero.

No necesito mucha reflexión para confirmar que mi 2012 está siendo terrible. Me extraña que los daños que Sandy hizo en el downtown neoyorquino no coincidieran con mi presencia allí, en el piso 26 de un hotel que se hubiera quedado sin electricidad y, probablemente, sin alimentos. Hubiera sido un reto añadido.

Llámenme ilusa, pero tengo la esperanza puesta en que el 13 será mejor. Por ahora solo sé que no será el 2012, y eso alivia. Deseo que no me toque volver a reconstruir las cenizas de mi vida personal, ni ver cómo se hiere de muerte un modelo de periódico (y con ello observar la salida de muchos y valiosos compañeros a la calle), ni enfrentarme por primera vez a la lucha constante de algunos amigos por sobrevivir. Orgullosas zancadas que brillan como la esperanza en la cruda realidad, por otra parte. Todo eso ya lo habré hecho (sangre, sudor y lágrimas) en este ejercicio vital. El 2012 es una ostra. Quiero que pase ya y se quede cerrada. Olvidada.

Ilustración de Minzmintig.

Autorretrato dickensiano

It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity, it was the season of Light, it was the season of Darkness, it was the spring of hope, it was the winter of despair, we had everything before us, we had nothing before us, we were all going direct to heaven, we were all going direct the other way – in short, the period was so far like the present period, that some of its noisiest authorities insisted on its being received, for good or for evil, in the superlative degree of comparison only.

Charles Dickens, A tale of two cities.

Instrucciones para sobrevivir al regreso de Saturno

No mires atrás. Usa protector solar.

Fotografía de Richard Avedon para Harper’s Bazaar con Jean Shrimpton posando.

Just say cheers

Por el sol. Por el verano. Por tres décimas de descanso. Por el líquido elemento. Por las conversaciones fluídas. Por los silencios cómodos. Por lo que se rompe. Por lo que es irrompible. Por todo (y por nada).

Imagen vía Fuck you very much.

Hay algo de catártico en los viajes al pasado

Hay algo de catártico en los viajes al pasado. Algo de volver a descubrir la belleza de lo que ha estado ahí siempre, como lo hicieron en el renacimiento. Algo de enfrentarse con otros ojos a los aciertos y errores que se han producido lejos de la nave nodriza. Algo de pensar en todos ellos desde la comodidad de una bolsa embrional. Algo de alcanzar la paz con el ser humano, con el nirvana y con el peso de las tradiciones. Una pizca de nostalgia. Otro poco de esperanza. Y el dulce recuerdo al pensar que siempre estará ahí. Pueden llamarme moñas. Lo soy.

Fotografía de HakanPhotography.

Sobre certezas e incertidumbres

“A Christine le gustaba encargarse de echar el cierre cada tarde. A los diez años y medio tenía la certeza, quizá por última vez en su vida, de cómo había que hacer las cosas exactamente”.

La librería, Penélope Fitzgerald (Ed. Impedimenta).

Ilustración de Gecesintisi.

A bigger splash (con permiso de Hockney)

Da un poco de vértigo pensar en que la fortuna te sonríe en los peores tiempos. Te ruboreces solo de plantear la situación porque, en el fondo, crees que no eres (tan) especial y que al menos la mitad de esos cinco millones de parados podrían estar en tu pellejo. Y tú en el suyo. Pero no lo estás. Tu rumbo se define -con escalas- mientras el mundo occidental espera alarmado un tsunami. Nunca sabes si la gran ola te llevará con ella de imprevisto (siempre hay un plan B, pero quién sabe si es el adecuado). De hecho, en cierto modo, lo esperas. En anteriores ocasiones ha sido así. Todo era perfecto y de golpe y plumazo, el timón giró y te caíste del barco. Ahora no todo es perfecto (por mucho que la fortuna te guiñe el ojo). Hay muchas cosas imperfectas. Pero, al fin y al cabo, ¿vivir no era esto?

Ilustración de Gecesintisi.