Mi calle de Madrid. Mi aldea de Galicia

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Hace no mucho me asaltó una cuestión tan banal que tuve que sacar la calculadora para echar números y corroborar mis sospechas: tan solo en mi calle de Madrid (hay 20 números) viven más personas que en toda mi aldea gallega.

Long story short. En Rúa había en 2004 un total de 325 habitantes (con tendencia decreciente, aunque eso podemos obviarlo) y en mi calle (tan solo del lado de los pares) se cuentan 10 edificios con 10 plantas cada uno y 4 viviendas por planta.

Cada piso mide unos 100 m2 (tranquilos, amigos, vivo del lado de los impares, no tengo esa amplia fortuna, aunque gozo de mejores vistas), con lo cual podría alojar a más de un inquilino. Aunque también me paré a pensar en que el éxodo urbano podría estar haciendo mella en esta periferia residencial y habrá viviendas vacías. Finalmente decidí decantarme por un término medio (la verdad es que no me cuesta nada llegar a acuerdos conmigo misma): cada vivienda se cuenta como un solo inquilino. 10 edificios con 40 pisos cada uno (10 plantas, 4 viviendas por planta) dan un otal de 400 inquilinos. Así, a ojímetro. El margen de error lo proporciona mi querido lado de los impares (go, impares, go! We’re the best!), donde hay 16 viviendas (8 plantas, 2 viviendas por piso) en cada uno de los 3 bloques. No están contabilizados, pero podrían.

En resumen, que a veces hasta me alegro de no tener mucho tiempo libre, porque dedicarse a estas cosas es muy agotador y una ya no está como para andar invirtiendo en Apisérums con tal de salvar la memoria.

Ah, y que ya puede haber 5.000 chimeneas en mi calle de Madriz, que yo las de mi pequeña-cuca-maravillosa aldea del norte de Galicia no las cambio por nada. No es que sea el mejor lugar del mundo ni nada de eso, tampoco es necesario convertir esta historia en un cuento de hadas. Pero es MI mejor. Con eso me basta.

La felicidad como acuerdo de mínimos

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1. Un Earl Grey por la mañana. Y una tisana con canela de Caudalie antes de irme a dormir. Recordar la historia de cada una de las tazas en las que me los tomo.

2. La lluvia sobre el cristal. Un placer tan gratuito como escaso en esta ciudad.

3. Las sábanas blancas, a veces compensadas por el kitsch de algunas de flores un poco british (menos Liberty, más Cath Kidston).

4. Delantera mítica en el CD de mi coche. Jamás pensé que diría esto. Gracias, Fer, por esperar sin desesperar.

5. Cualquier gif absurdo en Relay.

6. Los planes B que, al final, son los que mejor encajan.

7. Ser feliz simplemente por el hecho de que cualquier otra opción es, definitivamente, peor.

Fotografía de Astridle (Lara Zankoul).

Numerología vacacional

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1. Muelas del juicio que me han quitado esta semana. Un proceso rápido y (sorprendentemente) indoloro.

2. Gatos que han viajado conmigo en BlaBlaCar desde Madrid. Baldomero y Jimena han resultado unos compañeros de viaje excelentes.

3. Ratos de sol que he podido contabilizar en esta semana que llevo aquí. Los de nubarrones, niebla y lluvia ganan por goleada. Vacaciones de franelita y plumas. No es queja.

4. Costillas que se rompió mi abuelo al día siguiente de mi llegada. Con respecto a los detalles del accidente, no sabe ni contesta. Vaya, que no lo recuerda.

5. Puertas que tiene el coche que me llevo de vuelta. Ha sido propiedad de mi madre los últimos diez años y tiene una flamante pegatina que pone Mascota a bordo con un gatito en ella. Proud mother of cats.

6. Días que me quedan en este paraíso verde colocado en el mismo trayecto que las nubes (parafraseando a Pedro Mir)

7. Jornadas que he pasado en el Hospital da Costa en Burela. La primera en Urgencias, las siguientes en una espléndida habitación con vistas al mar Cantábrico y al hueco que ha dejado el faro tras irse con una buena tormenta.

Bonus track: más testimonios gráficos en mi Instagram.

La vida como una sardina

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Huevas. Silencios. Crecimientos. Ciclos. Corrientes. Aguas turbulentas. Cambios. Promesas. Estanques. Embalses. Desagüe. Latita. Tapa en el vermú.

Collage de Alicja Pulit.

Universos cotidianos

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Acabo de leer un tema sobre la pintura hiperrealista en The San Francisco Globe. Bueno, eso de leer es una forma de decirlo, porque viene en una cómoda y práctica serie de imágenes que permite echar un ojo al asunto sin dedicarle más de dos minutos. El caso es que me han gustado mucho dos de los artistas reseñados y pensé en compartirlo con ustedes.

El primero es Lee Price (en la imagen de arriba). No les voy a hablar de su biografía (pueden leerla aquí), sino de sus obras. Me han encantado sus mujeres comiendo en la bañera, en un plano cenital que me llevan a recordar (colóquense el monóculo) a una especie de Ofelia ahogada por el yugo de la cotidianeidad.

Gregory Thielker (abajo), por otra parte, muestra la vida a través del parabrisas de un coche en un día lluvioso. El tamaño y espacio entre las gotas contextualizan cada pieza. La magia, al menos según yours truly, es que con tan solo un vistazo uno se puede imaginar un universo completo. Más allá de la carretera sobre la que se transita, tiene que ver con las vidas que hay en otros coches, en los edificios colindantes, en el horizonte borroso por culpa de un aguacero. Da que pensar. La última imagen parece, por cierto, una de las versiones de La noche estrellada de Van Gogh.

BIS

Tres meses en siete puntos

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1. Pasé mi cumpleaños en Les sources de Caudalie, al ladito justo de Burdeos. Un poquito de trabajo, otro tanto de relax y la dosis necesaria de comunión con la naturaleza.

2. Cruzamos el charco para celebrar el año nuevo. Lo hicimos desde Playa del Carmen (México) y, en mi caso, con una gripe que me tuvo todo el 31 de diciembre tumbada al lado de la piscina. Luego disfuté muchísimo en Chichén Itzá y Cobá. Ya lo sé, llevo una vida muy dura.

3. Volví a narrar en directo la MBFWM (Cibeles) para El País. Este año también me han dejado comentar los estilismos de la alfombra roja de los Goya. Mi Mr. Hyde está tremendamente agradecido, tengo la recámara de maldades siempre dispuestas a eskupear.

4. Jimena cumplió su primer año de vida. Baldomero sigue sin acostumbrarse a su mera existencia, y yo continúo maravillándome de cada cosa que hacen juntos (también separados) y lo muy diferentes que son sus carácteres.

5. Comencé mis clases de francés. Et tout bien. Lo único malo es que voy los sábados por la mañana y a yours truly le encanta que se le peguen las sábanas.

6. Me ha crecido una muela del juicio (la superior derecha, para más señas). Está ya medio fuera y tengo pendiente una visita al dentista para que me diga ‘qué de qué’ con eso. No se crean, le tengo respeto.

7. Estuve unos días en Singapur en lo que constituye mi primer viaje a Asia (descontando Chipre). Estuve con un grupo de periodistas estupendas, cené mano a mano con Ginta Lapina (le encantaba el pollo con arroz) y dormimos en la paradisíaca isla de Sentosa. Oigan, en ese país no se puede comer chicle y el consumo de drogas está penado con la muerte. Cuando quieran les cuento más.

La parábola del pijama

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Todo el mundo sabe que soy una complicación con patas cuando me enfrento a la compra de ropa. Lo admito: no me gustan las tiendas, llenas de gente dispuesta a hacer fila, con estantes desorganizados y una luz artificial que solo sintoniza con los habitualmente terribles hilos musicales. Puaj. El concepto de salir (como un cazador-recolector) a por ropa, simplemente, no va conmigo. Ni siquiera el showrooming. Quiero hacer la cucaracha todo el rato y clicar en las tiendas online para que llegue un señor con una caja a la puerta de mi casa. Si no me gusta, ya vendrá otro a recogerlo. Y todos tan contentos. Hasta que lleguen los drones de Amazon, seré un sólido pilar en el sustento del sistema de mensajerías.

Y sin embargo el karma me puso el otro día a comprar pijamas en un centro comercial. ¿Acaso se pueden imaginar un castigo mejor? Por mucho que yo tenga claro lo que quiero, la senda no es tan fácilmente practicable. El 99% de colores no me gustan, si tienen ositos me entran reflujos -en general, no soy de estampados- y evito el raso, la franela y otros tejidos del montón (solo claudico ante el algodón elástico en invierno y el algodón blanco en verano). Por supuesto, olvídense de que pierda mi tiempo tocándole a la prenda si el pantalón osa no tener gomita tobillera. ¿Quien se creen que soy? ¿Alguien dispuesto a despertarse a media noche con el pijama en las rodillas? Lo comenté al principio: un auténtico drama en el shopping mall. Pero, la verdad, después de tanto esfuerzo duermo fenomenal, que es lo que cuenta.

Fotografía de Molkette.

Enumeración de la felicidad

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Una albahaca podada y trasplantada. Una crema de verduras recién preparada. Un ronroneo y un lametón de buenos días. Una croqueta a las dos. Una caña a las cuatro. Tres WhatsApps a cualquier hora. La remaqueta de El País Semanal. Una mirada furtiva tras un cristal. Los cacharros fregados. La basura sacada y la ropa tendida. Gatos en su camita. Una película a medias. Los All-Bran de toda la vida. Aquel baile inspirado en Zumba. La camiseta de Free Winona. El monedero cambiado. Las almohadillas de las patas felinas (en la imagen, las de Jimena). La ropa de cama siempre blanca. Pijamas grises. Calcetines negros. Las botas de púas que nunca me quito. Cervezas con las que brindar. Que siempre haya algo que celebrar.

La película que nunca llegué a ver

No sé si os ha pasado alguna vez con alguna película… que nunca habéis podido terminarla aunque la hayáis comenzado cientos de veces. No hablo de quedarse dormido, no. Eso sería muy fácil. Hablo de factores ajenos a vosotros…

Por ejemplo. Yo cuando era pequeña iba regularmente a casa de una prima lejana (en las aldeas, ya sabéis, es el pan de cada día) y siempre empezábamos a ver Bigfoot. Por H o por B nunca conseguí acabar de verla. Lo mismo me pasaba con Mary Poppins… sé que hay un deshollinador y poco más. No es porque no haya intentado verla.

Tampoco tuve una de esas infancias plagadas de Clásicos de Disney. Por mi VHS sólo pasaba (recurrente y tan obsesivamente como en casa de cualquier infante que se precie) La Sirenita. No he visto ni Blancanieves, ni La Cenicienta, ni Fantasía, ni Dumbo ni tan siquiera El Rey León. Sigan engrosando la lista con los hasta los más de 50 clásicos de Disney.

Si pasamos a educación televisiva, la mía carece de las Mama Chicho, El juego de la oca o Campeones. Por poner tres ejemplos que conforman la columna vertebral de la sociedad española de los 80 y los 90. Ahí mi recuerdo es aún más escueto: en mi casa solo se veía Dragon Ball  Z en gallego.

A cambio, eso sí, aprendí a cazar grillos y a girar el paraguas en la dirección contraria a la lluvia para no mojarte. A veces, yo misma recogía los huevos de las gallinas y, en otras ocasiones, podía montar en burro. Vi muchos cerdos morir, y algunos conejos nacer. Tuve perros, gatos y hasta un pato que desapareció misteriosamente (ejem). En el fondo, no me quejo.

Imagen vía Aesthetic Bent.

¿Qué he hecho en el último mes?

1. He estado en Rímini, Londres y París. De hecho, ahora estoy en París. En todos los casos han sido viajes de trabajo.

2. También puse mis pies en la embajada italiana de Madrid y la Residencia del embajador de Francia. De nuevo, trabajo.

3. Las artes escénicas me sonríen. Fui tres veces al teatro. Dos de ellas a ver monólogos de humor. Puro placer.

4. Un mismo sábado logré sobrevivir con cuatro planes diferentes: almuerzo, exposición, cena (y fiesta eurovisiva) y cumpleaños. Eso ya es vicio. El anterior había estado en el concierto de Los Chichos y Fórmula V, que no sabría cómo describir.

5. Oí el sonido de las raquetas en el Open de tenis de Madrid. Me senté en un palco para ver el partido de Murray contra Simon. Luego tuve una de esas maravillosas cenas con barra libre incluida. Trabajo, se supone. Dichosa fortuna, en realidad.

Imagen: Fashion for travel (1953).