Cuando era pequeña (IV)

Íbamos una vez por semana al bar del pueblo a llamar (o ser llamados) por teléfono a nuestros familiares de Madrid. Era todo un acontecimiento en el que, con suerte, me dejaban tomar un refresco.

Más tarde, cuando yo tenía como once u doce años, pusieron teléfono fijo en las casas del pueblo. Lo recuerdo perfectamente. “¿Y el tuyo en qué numero acaba?”. El mío en 07, el de mi mejor amiga en 08. El resto de la numeración era exactamente la misma para todo el pueblo.

Y ya no tenía que dar un paseo de 20 minutos en bici para ir a contarle algo. Simplemente marcaba el teléfono y me ahorraba la tentación de pasar por el bar en que vendían el único helado posible: Mikolápiz.

A veces siento que mi infancia transcurrió diez años antes que la de muchos madrileños de mi edad.

PS: Es porque también suma que no conocí telecinco ni Antena3 hasta bien pasada la etapa Mama Chicho. Nuestro repetidor sólo tenía señal de TVE1 y TVG. Más que suficiente para ver Bola de Dragón.

PS2: Y a día de hoy, en Rúa (Cervo, Lugo) sigue sin haber una conexión decente a Internet, ni aparece en los GPS’s del mundo. El mundo se lo pierde.

Foto de Krista Palmu.

Otra Nochebuena más…

…que me voy a Galicia, lejos de cualquier conexión a Internet. A cenar con la familia y a contar con la presencia de Papá Noel (esperemos que no venga de Londres, por lo de la nieve y eso). Nos vemos a la vuelta.

Dejadme, de todas formas antes de irme, caer en el topicazo: ¡Feliz Navidad!

Foto: Michelle in Ireland.

Cuando era pequeña (III)

Mi tía Paloma me convenció de que ella tenía la auténtica lámpara de Aladino para pedirle deseos. Y hasta me la dio para que me la llevara a Galicia conmigo, advirtiéndome que no invocara al Genio en espacios cerrados porque podría dañar la estructura de paredes y techos.

Así que yo, obediente como la que más, esperé hasta encontrar el momento y el lugar adecuados: una tarde en el campo frente a mi casa me puse a frotarla con todo el amor del mundo. No pasaba nada, así que me quejé a mi tía que me respondió: “Es que lo estás haciendo mal”. Hice un par de intentos más hasta que me olvidé y la lámpara se perdió en olvido.

En capítulos anteriores: mi tía Paloma también estuvo una noche entera enseñándome a volar encima de una silla. Nada que ver con el hecho de que las dos seamos palomas, sino con el dato empírico más indudable en aquel momento: ella cuando era pequeña, como pesaba menos, también lo había logrado hacer.

(A día de hoy sigo pensando que volar estaría genial, y si conociese a alguien más que lo ha logrado, no dudaría en darle otra intentona).

Foto de Karrah Kobus.

Cuando era pequeña (II)

(Momento escatológico)

Pensaba que la comida que entraba en tu cuerpo tardaba un año entero en salir. Es lo que tiene ir al colegio en un idioma en el que ano y año se dice igual… que una, que estaba más en las nubes que otra cosa, se pierde.

Total, que fueron muchos los días en los que fui al baño preguntándome… ¿y hace un año qué es lo que habré comido que está ahora aquí queriendo salir?

Sí, claro, con el tiempo lo entendí. Afortunadamente sin tener que hacer el ridículo en público. Ya lo hago ahora contándooslo :P

Foto de Jaime Monfort.

Cuando era pequeña (I)

Tenía la absoluta certeza de que había un vecino que bostezaba siempre al mismo tiempo que yo. Es porque una vez bostezamos al tiempo. Desde entonces, y durante muchos años, no pude evitar acordarme de él muchas de las veces que bostezaba, pensando que él estaba en similar tesitura.

Como si eso de los bostezos fuese una ley matemática que se repetía siempre cada X tiempo y no un síntoma real del cansancio y de la necesidad del propio cerebro de oxigenarse.

Luego crecí, pasé días enteros sin dormir… bostecé mucho. Y por fin me hice dueña de todos mis bostezos.

Ilustracion de The Vamoose.

Rumbo a Galicia, hey

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Un fin de semana más salimos de Madrid. Volvemos al hogar gallego. Esta vez con visitantes. Vamos a hacer de petites guías turísticos, a comer buena carne y a elogiar (permanentemente) la uva mencía.

Mamá… ¡vete encendiendo la estufa!

Cada año me gusta más volver al norte…. a veces hasta me pregunto lo diferente que sería mi vida si yo fuera de la meseta.


PS: Y este post se publica mientras estoy volando a casa.

Foto de Dim Baida.

La foto es la excusa

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Siempre ilustro mis posts con fotos, pero hoy haré una excepción: “ilustraré” esta imagen con un post, para que no se quede solita en la imensidad de Zelestina.

A pesar de que en un principio no tiene nada relevante, desde que la vi me quedé fascinada. Una motosierra cortando ¿tomates?, ¿Naranjas?, ¿Papayas? bajo la lluvia… El caso es que como no leo ¿hebreo? no sé muy bien cual es el fruto, ni tampoco es que me importe especialmente.

Este dibujo me llevó directamente a mis 12 o 13 años. Ya estaba en el instituto y me había anotado a clases vespertinas de fotografía (¡con laboratorio y todas esas cosas maravillosas!). Mi único objetivo era tirar fotos a cualquier cosa que se moviese (y luego revelarlas en el cuarto oscuro, claro está).

En mi memoria yo iba en el coche con mi madre (un Seat 133 que, en algún momento de su historia, había pasado a tener una garrafa a modo de tanque de gasolina) y le estaba contando que quería hacer una serie de fotos sobre los cambios que había hecho la industralización (bueno, probablemente dijese una palabra menos precisa) en la naturaleza. Mi pueblo era un buen ejemplo de árbol, árbol, árbol, poste de la luz, árbol, árbol, árbol, viga de cemento, etc. así que me parecía muy interesante trasladarlo al papel.

Recuerdo la risotada de mi madre, el deje como de “ya se te pasará” y aquel otro de “cuando lo vea lo creeré” que, efectivamente me hicieron echar para atrás mi idea inicial. Nunca hice ninguna serie de fotografías sobre la ilustración. Al final las madres tienen razón siempre, ¿no? Pero, ¿qué hubiera pasado si no hubiera hecho esos gestos?

Recuerdo compartido vale por dos.


Por cierto, que este post se publica justo mientras estoy en casa de Galicia. Ya sabéis, ese lugar en el mundo al que el wi-fi todavía no ha llegado.

Pintura de Ruttie.G

Yo también vi a los Reyes

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Ahora que vienen los Reyes Magos de Oriente, me vienen a la mente los momentos en que yo era felicísima de la vida yendo a ver la cabalgata los 5 de eneros.

Recuerdo especialmente el único año que fui a ver a los Reyes en Madrid. Me pareció una locura: todo lleno de gente, caramelos cayendo al suelo como pedradas, pocos amigos con los que compartir esos momentos especiales en que quienes te iban a dejar regalos en la noche pasaban por delante en sus carrozas (patrocinadas por enésimas marcas interesadas).

También recuerdo otro año en Burela, a donde fui con Espe (mi muy mejor amiga desde que el mundo es mundo). En esa ocasión llegamos hasta a sentarnos en sus rodillas y recibir, de mano de Sus Majestades, unos caramelos. Ella recibió cuatro y yo tres. Era lógicamente mágico: en su casa eran cuatro personas y en la mía éramos tres (aunque, contando a mis abuelos, éramos cinco, ups). Estábamos totalmente asombradas por la sabiduría de los Reyes.

Además una noche de Reyes, cuando se suponía que tenía que estar dormida, me levanté de la cama y me pareció ver a uno en el cuarto de baño. Una lástima que ya no me haga ilusión y que haya dejado atrás mi época Peter Pan. Ellos lo saben y por eso ya no vienen. Pero haberlos haylos.

Fotografía de MotyPest.

En familia

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Mientras Marc Jacobs y Lorenzo Martone pasaban sus navidades tostándose al sol de St. Barts (y probablemente replicando sobre lo horroroso de las tradiciones navideñas y lo ideal de evadirse unos días de vacaciones) JFK y servidora nos adentrábamos en mi (nuestra ya) Galicia profunda para celebrar las fiestas.

Pocas tradiciones hay en una casa en que hace años que no entra un árbol de navidad o un espumillón, en que un año (de repente) el núcleo duro decidió hacer rescisión de contrato… por lo que yo tampoco sé exactamente qué es una navidad tradicional. Eso sí, en casa (por tradición) se come mucho y bien.

Durante los tres días que hemos estados en Galicia tuvimos sendos festines carnívoros. El primero de ellos vino de la mano de JFK (creo que es el primer dominicano que hace un lacón en un horno de leña en Rúa). Y de vinitos ricos ni os quiero hablar. Por la mesa de la cocina desfilaban, a ritmo de muiñeira, reservas de Rioja, Ribera y algún Albariño despistado. ¿Merece la pena que mencione, tan siquiera, los postres navideños?

En fin, que la navidad no ha podido ser más maravillosa, la verdad. Comer, beber y rodearse de la gente que uno más quiere no me parece tan mal plan. Ya lo siento por Marc Jacobs.

Y ahora estamos de vuelta en Madrid… tenemos tres días en la ciudad para recargar pilas de cara a nuestro fin de año en la ciudad del amor…

PS: El post de la dieta (ese que Jacobs no tendrá que escribir) os lo prometo para enero ;)

Imagen de Jackie Rueda

¡Feliz Nochebuena! ¡Feliz Navidad!

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A pesar de que estos días estamos en Galicia, no quiero dejar de desearos que paséis una estupenda Nochebuena a la manera tradicional: con mucha comida (rica), bebida (sabrosa) y discusiones familiares (jugosas).

Nosotros (y este nosotros incluye a JFK y a mi) gozaremos de los dos primeros parámetros, ya que en mi casa de Galicia somos tan poquitos (y nosotros, vertiente joven, vamos tan pocas veces al año) que ni tiempo da para discutir, pero sí para cocinar rico.

En estos momentos de buenos deseos me acuerdo mucho del pequeño Baldomero que, un año más, pasa la Nochebuena vigilando la casa madrileña, en la más completa tranquilidad. Un beso espacio-temporal en su hociquillo, aunque ni caso le haga. Para él este ratoncito navideño.

¡Feliz Nochebuena! ¡Feliz Navidad! A todos :)

Imagen de P0RG

PS: Es un post programado. No tengo conexión en Galicia.