
El viaje a Lanzarote fue estupendo. La isla nos sorprendió y fascinó a partes iguales. Alquilamos un coche y, sobre terrenos marcianos (rojo y negro hasta el infinito), visitamos el Timanfaya, los jameos del agua y la cueva de los Verdes. También estuvimos en las casas de Saramago (como había adelantado) y César Manrique. Resulta que JFK acabó madly in love con el trabajo del artista local. ¿Quien no querría una casa como la suya?
Tuvimos tiempo, además, para caminar por zonas más turísticas como Puerto del Carmen y Playa Blanca. Ahí es donde teníamos nuestro resort. Yo nunca había estado en uno y si puedo, nunca volveré. Tampoco quiero volver a esas áreas de restaurantes typical spanish, tiendas de turistas y bancos. Parece que hasta ahora había tenido vacaciones muy alejadas del cliché. Me encontré con demasiada gente, filas innecesarias y comida mediocre (para un supuesto cinco estrellas, donde nos alojábamos). Donde estén un hotel boutique o una casa rural que se quite lo demás.
Ah, por cierto. Tampoco hizo tiempo de playa o piscina. Así que volvimos con los culos tan blancos como los llevamos. Eso, sin embargo, no es un drama en esta, nuestra casa.
Obviando esa pequeña parte grinch, todo fue estupendo. Descansamos mucho, nos reimos más, hablamos todo el rato y hasta estuvimos en un spa limpiando y alineando nuestros chakras. Todo fue como tenía que ser: un Kit Kat del mundanal ajetreo. Amigos, estoy lista para las siguientes vacaciones…
Foto de JFK.