Balance literario de 2015

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Tarde pero seguro. Un año más (y ya van diez, desde 2005), reflexiono y enumero sobre los libros que he leído. Y sí, con los años cada vez tengo más ganas de leer y menos tiempo.

También esto pasará (Milena Busquets). Venía muy avalado por críticas y apariciones en medios y, quizá por eso, me esperaba más. Por momentos se asemejaba a una sucesión de tuits efectistas más que una novela propiamente dicha. Y, sin embargo, podría ser susceptible de regalar.

Fanny Hill (John Cleland). Tiene el anecdótico honor de ser la primera novela erótica de la historia. Cuenta la vida de Fanny Hill, una prostituta narrando en una carta a una desconocida sus estrategias para sobrevivir (y, por supuesto, encontrar el amor).

El año del pensamiento mágico (Joan Didion). Con esta novela autobiográfica la suprema Didion exorciza el fallecimiento de su marido y la enfermedad de su hija. Gracias a Amaya Ascunce aprendí que esta novela entra en la categoría de duelo.

Periodistas de mierda (David Martín). ¿Uno de tus mejores amigos ha escrito y autoeditado un libro sobre vuestra profesión de mierda? Parafraseando a Lena Dunham, David Martín podría ser la voz de una generación, con retranca y fantasía.

Elogio del gato (Stéphanie Hochet). Una delicia felina solo apta para quienes gusten de regodearse en su amor por los ídem.

El periodista y el asesino (Janet Malcolm). Pocas frases han sido tan citadas en el oficio como la que sirve de arranque a este libro: “Cualquier periodista que no sea demasiado estúpido o demasiado vanidoso como para no darse cuenta de lo que está pasando, sabe que lo que hace es moralmente indefendible”. Una obra imprescindible, que reflexiona sobre los límites morales de una industria en horas bajas.

La vuelta al mundo en 80 días (Julio Verne). Supongo que hay que leerlo en la adolescencia, como muy tarde. Me dio la impresión de que la magia había caducado.

Memorias Líquidas (Enric González). Si existiese un Sálvame del periodismo español, probablemente se parecería mucho a esta autobiografía de Enric González. Y aún así es muy buena.

El diablo viste de Prada (Lauren Weisberger). No hace falta que lo compren. Ni que yo lean. Cuando lo cogí, simplemente necesitaba desengrasar y leer sin estar muy atenta.

Noviembre (Gustave Flaubert). Cuentan que Flaubert jamás autorizó la publicación de esta obra de juventud, ya que la consideraba un ensayo. Desconocer los vaivenes pasionales de un muchacho a finales del siglo XIX tampoco hubiera sido una gran pérdida.

Blitz (David Trueba). Amor y desamor en un formato que no dista mucho de También esto pasará. Así que suscribo aquí el comentario que hice sobre el libro de Busquets.

El secreto de Joe Gould (Joseph Mitchell). No puedo entender cómo este reportaje largo (originalmente publicado en The New Yorker) sobre Joe Gould y la historia oral de nuestro tiempo no se trata como una joya literaria contemporánea.

Martha. Música para el recuerdo (Fernando Navarro). Veranos y adolescencia en Hoyo de Manzanares. Muy Navarro.

¿Existe la felicidad? (Toño Fraguas). No es autoayuda, es reflexión. Y muy divertida. Me gustó mucho la jocosa aproximación a los pies de foto. Se lee rápido y te hace sentir un poco más inteligente de lo que eras antes de cogerlo.

Muerte en las nubes (Agatha Christie). Creo que voy a abandonar mi costumbre de leer un Christie al año. No me ha parecido ni trepidante ni entretenido ni apetecible.

Aventuras y desventuras del chico centella (Bill Bryson). No habla de nada en particular y, sin embargo, es capaz de retratar a toda una generación: la que creció en los cincuenta en Estados Unidos. Me pareció tan fantástico que ya lo he regalado dos veces en lo que va de 2016. Y eso sí que es un baremo objetivo.

Imagen: Compartment C, Car 293. Edward Hopper.

Verdades como puños

B

“A mí me gustan los tíos que me dan ganas de ser más lista de lo que soy”

Milena Busquets en También esto pasará.

Foto de Barbara Laage.

178 anos: Rosalía de Castro

ROSALIA

Adivínase el dulce y perfumado
calor primaveral;
los gérmenes se agitan en la tierra
con inquietud en su amoroso afán,
y cruzan por los aires, silenciosos,
átomos que se besan al pasar.

Hierve la sangre juvenil, se exalta
lleno de aliento el corazón, y audaz
el loco pensamiento sueña y cree
que el hombre es, cual los dioses, inmortal,
No importa que los sueños sean mentira,
ya que al cabo es verdad
que es venturoso el que soñando muere,
infeliz el que vive sin soñar.

¡Pero qué aprisa en este mundo triste
todas las cosas van!
¡Que las domina el vértigo creyérase!
La que ayer fue capullo, es rosa ya,
y pronto agostará rosas y plantas
el calor estival.

Rosalía de Castro (1837-1885), En las orillas del Sar. 1884.

Google dedica su Doodle de hoy a la poetisa gallega. En el 178º aniversario de su nacimiento.

Balances literarios de 2013 y 2014

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No todo el mundo puede hacer un balance de sus dos últimos años de lectura. Primero, porque casi nadie es tan freak control de tener anotadas todas las obras que se lleva a las manos. Segundo, porque la lógica (y así lo atestiguan mis anteriores balances literarios, desde 2008) lleva a formular la enumeración cada 365 días, y no cada 730. Filigranas metafísicas aparte, este es el resumen de piezas que he deglutido (y un breve comentario de cada una por el que, con toda probabilidad, me hubieran suspendido en clase de literatura). Sin conclusiones. Sin anestesia:

Dejad de lloriquear (Meredith Haas). Contingente y necesario, aunque ligero. Un análisis de la generación postmillenial, de los activistas de sofá, de los ninis que creen que se merecen mucho más de lo que tienen.

Juan Belmonte: matador de toros (Manuel Chaves Nogales). ¿En qué momento podría interesarme la vida de un torero? En el que lo escribe un grande como Chaves Nogales. Aquí, lo que pensé justo después de leerlo. Sigo suscribiendo cada palabra.

Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie). Léelo rápido y deja tras de ti un bonito cadáver. Nunca jamás he logrado dar con los asesinos de la Christie antes de que ella tuviera a bien desvelármelos. Por eso todos los veranos la homenajeo leyendo un libro en menos de 24 horas.

La marca del meridiano (Lorenzo Silva). Nunca había leído a Silva, y me dio la impresión de que los momentos reflexivos de su personaje eran mucho más interesantes que los de intriga policiaca. Por mucho que le pese al autor. Esto fue lo que resumí entonces en Zelestina.

(más…)

Me prestaron tres libros, me regalaron uno y compré otro

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Long time no see. Ya estoy de vuelta. He estado de vacaciones (Galicia, Chipre, Portugal) y también trabajando (Madrid, Madrid y Madrid). He nadado en la playa y en la piscina. He usado protección de amploo espectro. Me he relajado en casa y en el parque. He paseado en bici, en la cinta de correr y por las calles en tacones. También he leido cinco libros. Tres prestados, uno regalado y otro comprado.

El gran Gatsby. Ahora entiendo por qué es grande. Lo que no puedo comprender es por qué pasé treinta años de mi vida sin intentar abrir ese libro y adentrarme en la impune algarabía de los años 20. La modernidad, por mucho que piensen que vino en los 80, está impresa esas páginas. No hay moraleja que valga. Gracias, señor Fitzgerald.

Asesinato en Mesopotamia. Agatha Christie lo ha vuelto a hacer. Nunca consigo averiguar quién ha podido ser el asesino hasta el final. ¿El resultado? Acabo leyéndome sus libros de una sentada. No más de 24 horas. Eso sí, tampoco leo más de uno al año, no querría pillarle el truco.

Un momento de descanso. Aunque no soy demasiado proclive a la literatura española, con Antonio Orejudo me he llevado una fantástica sorpresa. Qué ágil, qué ideas, qué desorganización más organizada y qué buena forma de presentar la trama…

Grace. ¿Qué sería de un verano sin un guilty pleasure literario? A falta de chick lit buenas son las memorias de la estilista pelirroja más famosa del mundo. Lo que más me maravilla es su pasión por los gatos. No sé si estaré proyectando.

Juan Belmonte, matador de toros. Manuel Chaves Nogales está, desde ya, en los altares de mis autores favoritos. Solo su prosa ha conseguido mantenerme interesada en la vida de un torero, sin ser yo nada afín a la tauromaquia. Puedo prometer y prometo que es mi gran descubrimiento de 2013, y que no acabará el año sin que me lea otro libro suyo.

Imagen vía Calliope Books.

 

Una marca meridiana

A veces uno necesita afrontar justo ese desafío que no le conviene ni le corresponde, porque lo que le pide el cuerpo es enfrascarse en algo que ayude a descolocar la vida, sacudirla y ponerla un poco del revés. Más que nada, para que no se cumpla la condena de encajar en ella como una pieza más de un mecanismo predecible: como esa pieza que todos somos, a la postre, desde la programación fatídica de nuestros genes hasta la función que el código social que tarde o temprano acatamos, sea cual sea, nos asigna sin derecho a apelación

La marca del meridiano. Lorenzo Silva.

Imagen: Anja Rubik para Terry Richardson (Vogue Paris, 2009).

Balance literario de 2012

El 2012 no ha sido un año de bienes, ni de nieves y -ya os lo aviso de antemano- tampoco de grandes balances literarios. Pero como ya es tradición (podéis ver el resumen del 2011 y todos los anteriores), no puedo dejar de compartir el ínfimo listado de títulos que han pasado por mis manos en los últimos 365 días. Vamos a ello:

1. El amor (Marguerite Duras).

2. La fiesta del chivo (Mario Vargas Llosa).

3. Libertad (Jonathan Franzen).

4. Bilbao, New York, Bilbao (Kirmen Uribe).

5. La nueva taxidermia (Mercedes Cebrián).

6. La librería (Penelope Fitzgerald).

7. Asesinato en el Orient Express (Agatha Christie).

8. El general en su laberinto (Gabriel García Márquez).

9. Algún día este dolor te será útil (Peter Cameron).

10. Nosotros, los animales (Justin Torres).

11. Irse a Madrid (Manuel Jabois).

Dejo el balance prácticamente en blanco, así como las propuestas para el ejercicio que comienza. Cualquier reflexión está (hoy) de más. Eso sí, si tuviera que recomendar un solo libro de esta mini-lista de 11, os pediría que no os perdiéseis Libertad, de Franzen. Vamos hablando…

Imagen vía Pinterest.

Autorretrato dickensiano

It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity, it was the season of Light, it was the season of Darkness, it was the spring of hope, it was the winter of despair, we had everything before us, we had nothing before us, we were all going direct to heaven, we were all going direct the other way – in short, the period was so far like the present period, that some of its noisiest authorities insisted on its being received, for good or for evil, in the superlative degree of comparison only.

Charles Dickens, A tale of two cities.

Autopsicografia

O poeta é um fingidor.

Finge tão completamente

Que chega a fingir que é dor

A dor que deveras sente.

 

E os que lêem o que escreve,

Na dor lida sentem bem,

Não as duas que ele teve,

Mas só a que eles não têm.

 

E assim nas calhas de roda

Gira, a entreter a razão,

Esse comboio de corda

Que se chama coração.

Fernando Pessoa.

Fotografía de Andrea H.

Sobre certezas e incertidumbres

“A Christine le gustaba encargarse de echar el cierre cada tarde. A los diez años y medio tenía la certeza, quizá por última vez en su vida, de cómo había que hacer las cosas exactamente”.

La librería, Penélope Fitzgerald (Ed. Impedimenta).

Ilustración de Gecesintisi.