Más allá del ahumado barrio rojo

Que sí, que todos sabemos de Ámsterdam que hay muchos canales, que están al nivel del mar, que tienen un barrio rojo caliente (y multicultural) y un orgullo sin parangón por ser el porródromo oficial de Europa. Pero uno llega allí y constata que, efectivamente, la pequeña ciudad nórdica es eso y mucho más.
No os voy a engañar. No tuve un flechazo. No hubo feeling inmediato (me ha pasado con otras ciudades no-tan-grandes como Gotemburgo o Lyon). No pensé en “quedarme seis meses y escribir un libro”, como me ocurre siempre que algún sitio me fascina mucho.
Pero (y hay que darle al César lo que es del César), he aprendido a admirar su diseño de interiores. Son unos verdaderos artistas. Quiero todas las sillas, mesas, camas, etc. que he visto. Me encanta la sobriedad de las líneas, las buenas combinaciones que hacen. Creo que es algo que les sale innato.
También me ha encantado la bicicleta. Ese medio de transporte tan infravalorado en éste, nuestro país. ¿Por qué? ¡Quiero poder ir a trabajar en bicicleta sin pensar que es un verdadero riesgo para mi vida! El asunto de las cuestas ya me lo bisnearé como pueda. Ahí queda eso.
Y, además, no quiero dejar de recomendar ese estupendo Bed and Breakfast en el que dormimos, Kien. Era un apartamentito chiquitito con patio propio. Una verdadera joya para ayudarnos a sentirnos más de la ciudad. No estábamos en una habitación de hotel, sino en “nuestra casita”. Martin, su dueño, es de lo más encantador.
La de la foto, adivinen, soy yo. Hecha por JFK.









