
Pensar que somos capaces de convertir en oro hasta los ñordos más apestosos es una de las principales razones por las que los “chicos malos” tienen tanto éxito. Eso es un hecho.
Es gracioso ver las situaciones. Sobre todo cuando él es feo, y sabes que encima va de alma errante para ligar. Si ella es guapa, lo más seguro es que esté convencida de que puede ser el pastor que guíe a ese alma perdida por el buen camino. ¿Una personalidad magnética que cambia todo para bien?, ¿Capacidad de convicción y razonamiento?, ¿Enamorarle perdidamente en treinta segundos de miradas furtivas? Nadie sabe las razones por las que la hembra siempre tropieza sobre esa piedra. Pero lo hace.
No se crean que este monólogo sociológico con tintes folletinescos va a llegar mucho más allá. Era solo una breve introducción para explicarles el por qué de mi pasión por ese personaje repulsivamente adorable que es el vampiro Eric Northam en True Blood. Es malo, y tarda tres temporadas en enamorar perdidamente a la protagonista, Sookie Stackhouse, pero cuando lo hace nos regala las imágenes más torridas de todo el panorama seriístico veranil. Encima él, con ese cuerpo vikingo, no es para nada feo.
Al final ni yo misma me salvo de mis críticas. Estoy cortada por el mismo patrón que todas esas mujeres que se pierden por el lobo salvaje de la manada. Si algo me consuela es que lo mío, por ahora, se limita al ámbito de la ficción. Suspiro y espero la season finale.
Ilustración vía Shonnia21.